domingo, 17 de febrero de 2013

Sueño norteño



Me llama, al lado ella; estimulando el llamado. Es un teatro, es un museo, son sus paredes, su presencia, mi creación. Entro, entramos, no la veo, estoy solo y mucha gente rellena un imaginario de museo europeo parisino en funcionamiento. Una pared con colores azul y verde oscuros, rojos pocos, pinceladas cortas, manchas, como si un Vangoh hubiese estado todo el día antes de que yo llegue, toda una hora, un minuto entero, un efímero segundo creando esa pared, con mi inconsciente al lado dandole ordenes desde mi vivencia con los colores, desde mi experiencia en paredes. La pared era acompañada como casi siempre por un piso. Piso y pared, pared y piso se acompañan por esa conexión perfecta, comenzando una bajada en espiral. El piso era un alfombrado con colores mas cálidos, más alegres. Mi cuerpo, ah si mi cuerpo que ahí estaba observando; donde su mundo recién, se freno para darle vida a mi descripción. Que cara habré tenido? Habré estado absolutamente quieto o rascándome el codo, acomodándome el pedo, escuchando mi descripción, o habre desaparecido. Ahí esta, mi cuerpo, piso y pared por delante. Empezo a correr y bajo patinando, siempre con cuidado y equilibrio y con los pies pegados a la alfombra. Casi sin caerme, no mas una mano se recostó y sostuvo el equilibrio, el mismo que llevaban la pared y el piso, sus colores entre si, nuestras vidas, el mundo entero. Llegue al final y una voz despertó mi atención, una voz que no era la mía, no era la de mi descripción. Allá arriba, donde estaba yo, estaba ella, que con un llamado previo me había llevado a conocer y cocrear este lugar. Me miro y sonrió, con esa perfección entre mirada y sonrisa, que tanto dice y tanto expresa. Y su voz, esa alegría y libertad, ingenuidad sabia, su equilibrio entre un niño y adulto expresada en un grito, soportado por una fuerza adrenalinica única.
Corrió, bajo corriendo como si esa bajada en esa realidad ensoñada solo se pudiese bajar así, como si hubiese un mandato corporal. Corrió y patino pero sin cuidado, sin precaución, patino con libertad, con esa que la caracteriza y su pelo, corto, mas corto se movia mientras la sonrisa se agrandaba. Toda libertad tiene sus riesgos, cada riesgo puede convertirse en dolor y en eso se convirtió. Cayo. Espalda y piso. Cabeza y piso. El golpe le dolió y lo se, el piso lo sabe, la pared lo sabe, Vangoh lo sabe, ella lo sabe pero ella lo siente, nosotros no. Me acerco, mi cuerpo se acerca, mi cara se acerca a su cara, a sus muecas de dolor y  escucho sus ruidos de chiquita que se lastima y no llora pero le molesta y su respiración cambia mostrando el dolor para ser comprendida. Me enternece, se que no es grave, la levanto, la abrazo, la contengo, la cuido, me necesita, me quiere, me deja cuidarla. La siento, la quiero, le doy un beso. Los colores cambian y se entrelazan, salen de un beso, se despegan de la pared, se funden con los del piso, bailan los colores, viven y cantan y viajan y se dejan llevar por el viento que entra por una ventana que no existe con un marco surrealista que de realista tenia todo menos esta real realidad.
Nos fuimos caminando o eso imagino que paso, no me acuerdo mas nada, lo último que recuerdo fue un abrazo mas después de un beso mas, después de un abrazo mas, después de un beso mas, después de un abr..

Y así, el tiempo; dejando su caprichosa función de lado se detuvo en esa repetición eterna donde no hubo ni comienzo ni final, donde un beso era un abrazo y un abrazo era un beso, vos eras yo, yo era el abrazo, el beso eras vos.


Mi mente y tu mente nos creo

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